Yo pertenezco a la Tierra, ¿y tú?

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En 2018 nuestras raíces se entrelazan, los colores se mezclan y las historias de enredos. Nos convertimos en hijos de todos y de los maestros de nadie, somos hijos de la Tierra.

Somos un plato con mezclas de sabores y aromas que provienen de todo el mundo.
Un menú con colores inusólitos y sabores picantes inexplorados.

Si no los encuentras en su familia, esos colores, seguramente los has imaginado en la vida de alguno de tus amigos, los ha visto en la casa de un compañero de trabajo o en el perfil de Instagram de una chica que sigues.

Un ejemplo simple.
Hace muchos años, la familia de mi padre vivía en el mismo barrio, en el centro de un pequeño pueblo en el sur de Sicilia. Alguien de la segunda generación, entonces, se mudó a unas pocos kilómetros de distancia al país de al lado, por razones de trabajo.
Al hacerlo, la familia de mi padre, que anteriormente tenía contacto solo con los habitantes de su propia aldea, ha ampliado el círculo de conocimiento a las personas del país vecino.
Gente de ese país ¡DING! pero también personas como los padres de mi padre, provenían de pueblos cercanos ¡DING DING!

Y así habría empezado la cadena ¡DING DING DING!

Desde el pueblo vecino, a la ciudad vecina, y del sur al norte del país, y luego del norte al sur. Hasta hoy, donde Europa es nuestra, en tren, en coche, en avión. Se marcan las capitales europeas que aún no se ha visitado y luego se va a América, a Asia y a todo el mundo. Se hace por placer, por trabajo o por pasión.

Sin más barreras, no hay fronteras, ni físicas ni virtuales. Se llega a todas partes. La llamada fluidez, de la acción y de pensamiento.

Me siento parte de este nuevo sistema, en casa en este mundo tan grande y al mismo tiempo tan pequeño. Así es como se siente también mi pareja, lo mismo sucederá con nuestra hija, ¡y espero que tú también pienses lo mismo!

La teoría de los «seis grados de separación» ¡es más actual que nunca!
Si no la conoces, es una teoría formulada a finales de los años 20 por el escritor húngaro Frigyes Karinthy. Una hipótesis para la cual

«Cada persona está conectada a cualquier otra persona o cosa, con una cadena de conocimiento y relaciones, con no más de 5 intermediarios»

Parecerá absurdo, pero es verdad, ¡el mundo se ha vuelto pequeño!

Y así sucede que el sentimiento de pertenencia a un lugar, automáticamente se amplía, se expande.
Uno se siente familiarizado no solo con su propia ciudad, sino también, por ejemplo, con la ciudad donde ha estudiado.

Se convierte en «un poco mi casa» la ciudad del amigo que conociste en la playa, el pueblo natal de los abuelos e incluso el país de nuestro compañero de trabajo nos es familiar, por todas sus historias y fotografías. Y lo mismo sucede con todos los lugares que hemos visitado durante las vacaciones y todos los demás que que hemos investigado con todo lujo de detalles con Google Earth, antes de reservar el vuelo.

La geografía se convierte en algo maravilloso y omnipresente.
Esa asignatura tan de empollones de pequeños, hoy es una fuente de orgullo.
Es el pan de cada día del que viaja, el que nos dice cuántos vuelos nacionales ha tomado en Tailandia y a qué país tropical irá el próximo enero… ¡Qué ansia de playa!

La geografía se convierte en un orgullo para todos. Nos dicen dónde hizo Erasmus, cuántos idiomas hablan, de dónde vienen sus clientes, en qué ciudades vivían y cuántos amigos de la infancia se han mudado al extranjero. Probablemente yo también hago exactamente lo mismo, hablando de mi vida.

Mi hija aprenderá todo esto. Quiero que se sienta de la Tierra, del mar y de las montañas. Son reflexiones un poco hippies, lo sé, pero son realistas y actuales.

Con amor, Mamibum

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